Al caminar por el pasillo del hotel en el que me encontraba aquella noche, los ruidos provenientes de una habitación llamaron poderosamente mi atención. Eran sonidos de una canción, pero no pude identificar a simple oído que o cuales instrumentos allí se ejecutaban. Era una melodía dulce y pegajosa que al aplastar mi oreja contra la puerta me llegaba más nítida. Al apoyarme en la misma, se abrió abruptamente quedando ante mis ojos como en un mundo lleno de magia los únicos habitantes de aquella habitación: sus muebles. Sin sobresaltarse de la llegada del intruso ( o sea yo ), siguieron ejecutando su canción. Los cajones de las mesitas de noche se abrían y cerraban a un ritmo acompasado, asemejándose al sonido de una batería. Las puertas del placard, también se abrían y cerraban rechinando sus bisagras imitando el chirriar lúgubre del violín. Los sillones con sus patas retaconas de madera, al balancearse hacia un lado y otro, parecían al golpear el piso duro de cerámica un perfecto bailarín de tap. La cama al ejecutar un movimiento hacia atrás y hacia delante, golpeaba son su respaldo una de las paredes. El colgante de luz que pendía del techo, actuando como músico invitado (ya que no pertenecía a la orquesta de muebles) acompañaba también a la canción meciéndose suavemente en forma de péndulo, sacudiendo sus cristales que golpeaban entre sí, produciendo un tañir de campanillas. No se cuanto tiempo quedé allí, parado, escuchando aquella suerte de concierto, como único espectador de una orquesta de fábula. Al cerrar la puerta detrás de mí y mientras me dirigía a mi habitación, pensé que me llamarían loco si se lo contase a alguien. Y silbando entre dientes la melodía de la orquesta de muebles, me dispuse a dormir.-

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